Eran espumosas, antaño diáfanas, en otros tiempos virginales. Dirigidas por la brisa marina como por una mano sutil, dejaban a su paso collares de perlas que, con la velocidad del relámpago, se desvanecían en una natural invisibilidad. Mientras sumergía los pies en aquellas aguas saladas, el roce escurridizo de las algas verdes despertaba una caricia leve y tierna en mis sentidos.
Sé que todo es un sueño, pero al despertar me embarga una sensación imborrable. El eco se repite, anidando en mi inconsciente como una adicción incontrolable. Aún noto la fragancia de ese mar flotando en el aire de mi habitación, un aroma que inunda todo mi ser. Tiemblo, me estremezco y las lágrimas brotan con su peculiar sabor salobre. Es entonces cuando los recuerdos resurgen.
Puedo ver al Pantomino, mi viejo querido, mi abuelo silencioso y a veces inquieto. Quiere mostrarme algo. Me invade la emoción, pero me siento protegida, aferrada a su mano endurecida, cálida y extrañamente ligera. Camino dando saltos, llena de la ilusión infantil de quien espera un regalo. Me lleva a un gran prado cercano a la iglesia, frente a un hórreo gigantesco. Sentada en su regazo, me explica que aquella casita de granito era la más grande del mundo y me anima a contar sus pies. Eran tantos y tan alineados que la vista se me perdía, pero juraría que conté cuarenta y cuatro.
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.

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